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Nicaragua: El golpe de Ortega: despojando a sus ciudadanos de su nacionalidad

 


En un movimiento que ha provocado conmoción internacional, el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua ha aprobado una reforma constitucional que despoja de su nacionalidad a cualquier ciudadano que adquiera otra. Esta medida, calificada por muchos como un acto de represión política, deja a miles de nicaragüenses en el extranjero en una situación precaria, sintiéndose despojados no solo de su hogar, sino también de su identidad.

 

Imagine la angustia de un nicaragüense que, huyendo de la persecución política y la falta de libertades, busca refugio en otro país. Ahora, además del miedo y la incertidumbre del exilio, enfrenta la posibilidad de perder la nacionalidad que lo define, el vínculo con su tierra natal, sus raíces y sus ancestros. Esta reforma constitucional, aprobada a toda velocidad en el Parlamento, representa un golpe certero a los que ya han sufrido tanto.

 

La enmienda, que modifica dos artículos clave de la Constitución, permite la nacionalización de extranjeros siempre y cuando renuncien a su ciudadanía original –con la excepción de centroamericanos–. Sin embargo, la nueva ley deja claro que obtener otra nacionalidad implica la pérdida inmediata de la nicaragüense. Para Ortega y Murillo, la nacionalidad es un "pacto sagrado de lealtad", una justificación que muchos encuentran débil y que enmascara una estrategia de control absoluto.

 

Esta medida no es un hecho aislado, sino parte de una serie de acciones que han consolidado el poder de Ortega y Murillo, silenciando la oposición y creando un clima de miedo e incertidumbre en el país. La comunidad internacional ha expresado su profunda preocupación, viendo en esta decisión una clara violación de los derechos humanos.

 

Para los nicaragüenses en el exilio, esta ley no solo es una pérdida de identidad, sino que dificulta aún más la posibilidad de regresar algún día a su país de origen. La sensación de desarraigo se agudiza, y la imagen de un futuro incierto se vuelve aún más desalentadora. El régimen de Ortega, con esta medida, no solo se fortalece, sino que hiere profundamente el tejido social de un país en crisis. La lucha por la democracia y los derechos humanos en Nicaragua continúa, ahora con una nueva y dolorosa dimensión.

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